JUAN CARLOS AGUILERA
Publicaciones del profesor
domingo, 18 de enero de 2026
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lunes, 5 de enero de 2026
Hábitos del corazón: la emergencia social y cultural y el nuevo gobierno de José Antonio Kast
La responsabilidad de los ciudadanos de a pie resulta ineludible, porque ninguna política pública puede sustituir los hábitos del corazón.
Chile vive, desde hace décadas, una crisis social y cultural que ha erosionado silenciosamente los vínculos que sostienen la vida en común. Robert N. Bellah, en Hábitos del corazón, texto escrito hace ya varias décadas y centrado en el análisis de la sociedad norteamericana, adquiere hoy una plena actualidad para comprender el momento que vive Chile. En dicha obra, el autor sostenía que cuando los hábitos del corazón se debilitan, la libertad se vacía de contenido y la comunidad se transforma en una agregación frágil de individuos solitarios.
Bellah entendía por hábitos del corazón aquellas disposiciones morales y culturales que orientan la vida cotidiana. Son los hábitos que permiten decir nosotros sin anular el yo, y afirmar la libertad sin disolver la responsabilidad. Cuando estos hábitos se dejan de vivir, la sociedad no se desintegra de inmediato, pero comienza a vivir de nostalgias sociales que, tarde o temprano, se olvidan.
Chile ha experimentado precisamente ese proceso. Durante décadas se fue consolidando un individualismo que redujo la vida buena a la satisfacción subjetiva. El lenguaje de los derechos se separó progresivamente del lenguaje de los deberes, y la noción de bien común fue desplazada por una suma de demandas fragmentadas. La revolución del 18 de octubre, la violencia normalizada, la desconfianza institucional y la crisis de autoridad no fueron un accidente, sino el síntoma visible de un corazón social indigente de virtudes cívicas.
En Hábitos del corazón, Bellah advertía que el individualismo, cuando se absolutiza, termina por socavar aquello mismo que promete proteger. Una sociedad que ya no educa en la pertenencia, en la lealtad y en el sacrificio compartido se vuelve incapaz de sostener la libertad. No porque falten derechos, sino porque faltan personas dispuestas a hacerse cargo de algo más que de sí mismas.
Este diagnóstico resulta particularmente pertinente para el Chile que comienza a dejar atrás una etapa marcada por la ingeniería social, la inflación ideológica y una concepción reductiva de la persona. El intento de rehacer la sociedad desde abstracciones identitarias debilitó aún más los vínculos en aquellas instituciones y formas de sociabilidad que dan vida a la república: la familia, la escuela, el barrio, la iglesia y las asociaciones libres.
La asunción del gobierno republicano de José Antonio Kast abre, en este contexto, una posibilidad significativa. No se trata simplemente de un giro político, sino de la oportunidad de iniciar una revitalización social y cultural a partir de la sencillez y naturalidad de la vida social, encarnada en la amistad cívica. Pensemos, por ejemplo, en una de las virtudes más elementales y decisivas para una sociedad vital y alegre: la gratitud. Dar las gracias a quien recoge la basura, al chofer del autobús o a la señora que hace el aseo en el metro puede convertirse en un bálsamo social de efectos insospechados.
En este sentido, la responsabilidad de los ciudadanos de a pie resulta ineludible, porque ninguna política pública puede sustituir los hábitos del corazón, aunque sí puede crear condiciones favorables para su florecimiento. Chile necesita volver a aprender el lenguaje de la responsabilidad compartida, no como consigna moralizante, sino como experiencia vivida. Como es sabido, las sociedades sanas narran su vida en común a través de historias que otorgan sentido. Por eso, recuperar un relato de austeridad, generosidad, gratitud, esfuerzo, sencillez, servicio y esperanza resulta hoy indispensable.
La tarea del próximo gobierno es gigantesca en orden a las prioridades que se ha impuesto y por lo que ha sido elegido por una mayoría significativa (58%): la seguridad, la inmigración ilegal y crecimiento con progreso. Todos, propósitos a la altura de la emergencia que vivimos, pero también hay una responsabilidad como ciudadanos de a pie.
Quienes consideramos a la libertad y a la responsabilidad, en sus diferentes dimensiones -como elegir el estado de vida (soltero o casado), educacional, económica, de expresión, política y religiosa-, como bienes no negociables, no podemos descansar en el que gobierno resolverá las cuestiones más fundamentales que configuran una vida lograda. Por eso, intentar vivir y difundir a través de acciones concretas y simples, como saludar, constituirá el complemento adecuado del gobierno de emergencia con la emergencia social y cultural que Chile reclama desde hace demasiado tiempo.
La Paz Social y el Gobierno de José Antonio Kast
La paz social es, sin duda, desde la rebelión del 18 de octubre de 2019, uno de los grandes temas en discusión en la sociedad chilena. Ha sido invocada en acuerdos políticos y en declaraciones solemnes, acompañada de la promesa de una nueva Constitución o de la urgencia del orden social; hasta hoy, sin embargo, sigue siendo una promesa incumplida.
El nuevo gobierno del republicano José Antonio Kast, denominado gobierno de emergencia y respaldado por un 58 % de apoyo ciudadano, ha definido como objetivos prioritarios la seguridad, el término de la inmigración ilegal y el crecimiento económico con progreso. Estos propósitos podrían tener como fruto la anhelada paz social que la sociedad chilena reclama desde hace ya demasiado tiempo.
Sin embargo, reducir la paz social a la mera ausencia de vandalismo o de violencia callejera -y, en casos extremos, de terrorismo y crimen organizado- impide comprender de qué estamos hablando y, en consecuencia, nos inhabilita para dotarnos de los medios necesarios para restablecerla.
La paz social no consiste simplemente en que no haya violencia ni desorden. La paz social es un bien, como lo es la salud en una persona. Así como la enfermedad es la carencia de salud, el desorden, el desgobierno y la violencia son la carencia del bien de la paz. En este sentido, la paz social es la salud de la sociedad. Una sociedad sana es una sociedad en la que impera la paz y, al igual que la salud, es un bien que solemos valorar solo cuando lo perdemos.
La paz social, junto con la seguridad y la libertad, constituye la condición de posibilidad para el despliegue y disfrute de todos los bienes materiales y espirituales a los que aspiramos mediante el trabajo y la vida en común. En el fondo, se trata del bien común de la sociedad política, cuyo premio último es la paz y la alegría de vivir en sociedad.
El desafío del gobierno de emergencia de José Antonio Kast, en relación con la seguridad, la inmigración ilegal, el crecimiento y el progreso, puede convertirse en un catalizador para que florezca la paz social, junto con la libertad y la seguridad que Chile reclama desde hace demasiado tiempo.
¿De qué depende, entonces, la paz social?
Puede ser comprendida desde dos perspectivas complementarias: la antropológico-filosófica y la filosófico-política, pues uno solo es el hombre que la experimenta y la vive tanto en el ámbito familiar como en la sociedad política.
Una primera aproximación exige considerar la paz junto a otros dos bienes humanos fundamentales, como son la seguridad y la libertad. Tal como enseñó el maestro Rafael Alvira, la tríada libertad, seguridad y paz es inseparable, ya que la seguridad comparece como el gozne que articula la libertad y la paz. Esta articulación o plexo de relaciones tiene como fundamento un principio central del republicanismo clásico, cuyas raíces se remontan a los albores de la sociedad occidental: el hombre es un ser social por naturaleza.
Quienes sostienen que la seguridad es enemiga de la libertad lo hacen desde una visión antropológica individualista, es decir, sin considerar la naturaleza social del ser humano. No existe incompatibilidad entre seguridad y libertad; por el contrario, sin ambas no puede haber paz.
Desde una perspectiva antropológica, el primer lugar en el que experimentamos la seguridad y la paz es, de modo evidente, el vientre materno, verdadero palacio de la vida. El primer hogar de todo ser humano es el vientre materno, y el hogar familiar es su extensión natural. Libertad y paz quedan articuladas en la experiencia de la seguridad, que se vive de modo radical y existencial en el vientre materno y, posteriormente, en el hogar familiar. En efecto, la libertad y la paz brotan de la seguridad del amor materno y paterno que experimentamos en nuestros primeros nueve meses de vida y que luego se prolonga en la vida familiar. El hogar es el lugar donde se guarda y protege el bien más importante, aquel que no es intercambiable por tener un fin en sí mismo: la persona.
En el hogar familiar, fruto de la sociabilidad humana vivificada por el amor, encontramos la seguridad radical, cuyo fundamento es la confianza originaria. Esta confianza es fruto de la aceptación y afirmación gozosa de la propia existencia o, en palabras de Josef Pieper, "es hermoso que tú existas". De este modo, se configura el suelo nutricio para que se despliegue la libertad personal y se coseche la paz, tanto personal como familiar. En un ambiente seguro y confiable se adquiere una de las virtudes fundamentales para vivir la libertad y la paz a nivel personal: la templanza, entendida como la armonía de las tendencias más íntimas del ser. Sin ella, el desasosiego interior se expresa en un carácter conflictivo y violento que hace imposible la paz.
Desde esta perspectiva antropológica, la familia es la primera protagonista y sede de la paz, inseparable de la seguridad y la libertad. Y así como la sociedad política, encarnada en la ciudad, tiene como "alma" a la familia, desde la filosofía política -en cuanto ética social- pueden identificarse los elementos configuradores de la paz social como componente esencial del bien común político, fin propio de la sociedad. En este plano, la dimensión antropológica de la sociabilidad humana recibe el nombre de amistad cívica, expresión de unidad y vínculo de perfección entre los ciudadanos.
Sumariamente, cinco son los aspectos que configuran la paz social desde una perspectiva filosófico-política.
El primero es la verdad. Sin verdad no hay confianza y, sin confianza, no hay comunidad posible. Tampoco hay deliberación ni diálogo político. Hoy, algunos políticos y ciertos medios de comunicación han sido cuestionados por faltar a su papel de mediadores de la verdad. Algo similar ocurre en las relaciones personales, donde incluso se ha llegado a hablar -como lo ha hecho un político español- de una sorprendente ética de la mentira en el ámbito político.
El segundo es la justicia, que consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. En Chile, este principio se encuentra debilitado, como lo muestran la imposibilidad de desplazarse libremente a causa de la violencia, el incumplimiento de la ley y la falta de voluntad para hacerla cumplir. Con razón se ha dicho que la paz es fruto de la justicia.
El tercero es la libertad. Si ella se ve amenazada, si la violencia impide realizar las acciones más cotidianas, no puede haber paz social. A ello se suma la peligrosa naturalización de la irresponsabilidad, como si nadie fuera responsable de nada. Asumir las propias acciones y las consecuencias que conllevan se ha convertido, paradójicamente, en una novedad.
El cuarto aspecto es la seguridad. Nadie desconoce la verdadera pandemia de violencia, robos, asesinatos, crimen organizado, narcotráfico y terrorismo que ha dañado gravemente la salud de nuestra sociedad y, en particular, la confianza en las instituciones de la República. Ello se explica, en buena medida, por la carencia de un trabajo bien hecho, realizado con sentido de excelencia y auténtico espíritu de servicio.
El quinto es la amistad cívica. Porque la verdad y la justicia, aun siendo indispensables, nunca son perfectas. Somos seres limitados, y lo que falta debe ser completado por la amistad cívica, entendida como ese vínculo de comprensión y perdón que vuelve amable la vida en común.
La paz, en la filosofía clásica, era entendida como la "tranquilidad en el orden". Ese orden comienza en el interior de cada persona. No basta con decretos ni leyes; sin un carácter templado, justo, veraz, caritativo y libre no habrá paz posible. Ese carácter se forja, ante todo, en la familia y en la escuela. Por ello, si no se las considera como partes integrantes y fundantes de la paz social, será muy difícil alcanzar el anhelado bien de la paz.
Artículo de opinión publicado en Diario Las Américas
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